Recuerdos del futuro



Mucho antes de las murallas, antes de Marley, antes incluso de que existiera el odio que divide al mundo, todo comenzó con una sola niña: Ymir Fritz. No era una guerrera ni una reina, sino una esclava sin nombre ni libertad, perteneciente a un pueblo sometido por el naciente Imperio eldiano. Su vida no tenía valor. Trabajaba, obedecía y callaba. Un día, cuando algunos cerdos del poblado escaparon del corral, los soldados buscaron a un culpable, y sin pruebas ni compasión, señalaron a Ymir. Como castigo, el rey le dio una falsa oportunidad de huir, liberándola solo para convertir su escape en un cruel entretenimiento. Los hombres la persiguieron por el bosque a caballo, disparándole flechas como si fuera un animal.
Herida, asustada y completamente sola, Ymir corrió hasta perderse entre los árboles. Sin fuerzas, cayó dentro del tronco hueco de un árbol gigantesco y se precipitó a una grieta profunda. Allí, en la oscuridad, entró en contacto con una extraña forma de vida, un organismo desconocido que se unió a su cuerpo y le otorgó un poder imposible. Su columna se transformó, su carne se expandió y, por primera vez en la historia, nació un titán. No fue un regalo ni una bendición, sino una maldición. Ymir se convirtió en el primer titán, el Titán Fundador, una fuerza capaz de moldear cuerpos, crear gigantes y alterar la propia naturaleza humana.



Lejos de ser liberada, Ymir siguió siendo esclava. El rey Fritz no la trató como persona, sino como un arma. Con su nuevo poder, Ymir construyó caminos, levantó puentes, cultivó tierras y, sobre todo, aplastó ejércitos enteros. Gracias a los titanes, el Imperio eldiano se expandió sin oposición, conquistando continentes y sembrando el terror durante generaciones. Allí donde marchaba, no quedaban más que ruinas. El mundo comenzó a temer el nombre de Eldia, y el poder de los titanes se convirtió en símbolo de dominación absoluta.
Años después, durante una guerra, Ymir recibió un ataque destinado al rey. Sin dudarlo, se interpuso para protegerlo y murió atravesada por una lanza. Ni siquiera en su último momento fue libre: su lealtad nació del miedo y la sumisión, no del amor. El rey, temiendo perder aquel poder, ordenó algo atroz. Mandó a sus tres hijas —Maria, Rose y Sina— devorar el cuerpo de su madre para que la fuerza del titán no desapareciera. Así, el poder se fragmentó y pasó de generación en generación, dividiéndose con el tiempo en los Nueve Titanes Cambiantes. Lo que comenzó con una niña se convirtió en un legado de sangre, guerras y herencias forzadas.



Pero la muerte no fue el final para Ymir. Su conciencia quedó atrapada en un lugar fuera del tiempo: los Caminos. Allí, en un desierto infinito de arena blanca, continuó trabajando eternamente, moldeando titanes con sus propias manos cada vez que alguien invocaba ese poder. Durante dos mil años obedeció en silencio a la sangre real, construyendo cuerpos, creando ejércitos y levantando incluso las murallas de Paradis, gigantescas estructuras formadas por incontables titanes endurecidos. Todo ese mundo, todos esos muros y batallas, existían gracias a una niña que jamás conoció la libertad.
Así, la historia de los titanes no nació del destino ni de los dioses, sino del sufrimiento humano. Lo que el mundo llamó demonios eran, en realidad, las consecuencias de la esclavitud, el miedo y el ansia de poder. Y dos mil años después, ese mismo legado seguiría marcando el camino de Eren y del resto de la humanidad, demostrando que el pasado nunca desaparece… solo espera.