«Si no luchas, no puedes ganar»

Eren Yeager no es solo el protagonista de Attack on Titan, todo gira a su alrededor en esta historia. Desde niño, Eren mostró una personalidad intensa, impulsiva y dominada por una obsesión inquebrantable: la libertad. Mientras la mayoría aceptaba vivir dentro de las murallas como una necesidad para sobrevivir, él lo veía como una humillación. No soportaba la idea de que la humanidad viviera encerrada como ganado. Soñaba con el mundo exterior junto a Armin, su mejor amigo, imaginando océanos, desiertos y tierras desconocidas. Desde el principio, su deseo no era simplemente sobrevivir, sino ser libre.
Todo cambió el día en que el Titán Colosal apareció y destruyó la Muralla María en el año 845. Eren presenció cómo su madre era devorada frente a él. Ese momento rompió su infancia para siempre. Su sueño se transformó en juramento: exterminar a todos los titanes. Entró en el ejército junto a Mikasa Ackerman y Armin Arlert, decidido a luchar. Durante su entrenamiento demostró más determinación que talento, impulsividad más que estrategia. Pero cuando fue devorado en Trost y sobrevivió transformándose en titán, la historia dio un giro inesperado: el chico que odiaba a los titanes era uno de ellos.

Con el tiempo se reveló que Eren poseía no solo el Titán de Ataque, sino también el Titán Fundador. Ambos poderes le fueron entregados por su propio padre, Grisha Yeager. Aquí ocurre uno de los mayores giros de la serie: Grisha había asesinado a la familia real Reiss para robar el poder del Fundador, presionado por recuerdos del futuro enviados por el propio Eren. A través del poder del Titán de Ataque, capaz de conectar pasado y futuro, Eren influyó en su padre desde los Caminos, empujándolo a cometer la masacre. El hijo se convirtió en la causa de los actos del padre. El destino dejó de ser lineal; Eren ya no era solo víctima de la historia, sino su arquitecto.
La verdad del sótano cambió todo. Los titanes no eran monstruos sin origen: eran eldianos transformados. Más allá del mar existía Marley, una nación que odiaba y utilizaba a los descendientes de Ymir como armas. El enemigo ya no eran criaturas irracionales, sino el mundo entero. Es en este punto donde Eren empieza a transformarse interiormente. El joven impulsivo da paso a una figura fría, silenciosa y calculadora. Comprende que la libertad que tanto deseaba no puede alcanzarse simplemente derrotando a un enemigo militar; el odio hacia su pueblo es global.


Su relación con Mikasa es una de las partes más humanas y dolorosas de su historia. Desde que eran niños, Mikasa lo protegió con devoción absoluta. Para ella, Eren era su hogar. Para él, Mikasa representaba algo más complejo. Siempre la vio como alguien fuerte, indispensable, pero también como un recordatorio constante de su propia debilidad inicial. A lo largo de la historia, Eren reprime sus sentimientos, convencido de que el apego es una cadena. En la temporada final llega incluso a decirle que la odia, intentando romper el vínculo para liberarla del destino que él ya había aceptado. Sin embargo, más tarde se revela que sus sentimientos eran reales. Amaba a Mikasa profundamente, pero sabía que para que el ciclo terminara, ella debía ser quien lo detuviera.

Al heredar el poder completo del Fundador y entrar en contacto con la sangre real, Eren accede a los Caminos, donde Ymir Fritz ha estado obedeciendo durante dos mil años. En lugar de darle órdenes, Eren la comprende. No la ve como una diosa ni como un arma, sino como una persona esclavizada. Le ofrece algo que nadie antes le había ofrecido: libertad. Ese momento marca el inicio del Retumbar. Eren libera a los titanes colosales dentro de las murallas y desata una marcha imparable con la intención de aplastar el mundo exterior.
Su decisión es extrema: destruir casi toda la humanidad para garantizar que sus amigos puedan vivir en paz. No busca ser recordado como héroe, sino cargar con el papel de villano definitivo. Sabe que será odiado. Sabe que deberá morir. Pero sigue avanzando. Porque para él, la libertad siempre estuvo por encima de todo. Incluso por encima de su propia vida.

El final de Eren es tan trágico como inevitable. Mikasa es quien finalmente lo mata, cortando su cabeza y liberando a Ymir del ciclo de obediencia eterna. En ese acto, Ymir comprende el amor y rompe el vínculo que mantenía vivos los poderes titánicos. Los titanes desaparecen del mundo. Eren muere, pero consigue su objetivo parcial: sus amigos sobreviven y se convierten en héroes ante el resto del mundo.
Eren Yeager no es un héroe tradicional ni un villano simple. Es el resultado de un mundo construido sobre odio, esclavitud y miedo. Es un niño que soñaba con el océano y terminó provocando el mayor genocidio de la historia. Es alguien que amó profundamente, pero eligió cargar con el peso del mundo solo. Su historia no trata únicamente de libertad, sino del precio de perseguirla sin límites. Y por eso, dos mil años después de Ymir, el ciclo finalmente se rompe gracias a alguien que decidió seguir avanzando… hasta el final.